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Si nuestros antepasados vieran la presión que las madres de hoy en día tenemos, pensarían que estamos locas y niño sin infancia magicaenfermas. ¿Cuándo ser una buena madre significa pasarse los días haciendo mil manualidades para nuestros hijos? Convirtiendo sus habitaciones en portadas de revista y vistiéndoles a la última moda, siempre bien combinados con toda clase de detalles. No creo en absoluto que las madres modernas quieran más a sus hijos de lo que nuestras bisabuelas querían a los suyos. Simplemente, nos sentimos obligadas a demostrarlo con ridículas y caras fiestas de cumpleaños repletas de cupcakes caseros y un sinfín de regalos. Donde quedaron esos pequeños cumpleaños que nos hacían nuestras mamas con un bizcocho y el plato de patatas y los bocadillos de mantequilla y choped. Eso ya es histórico o como dirían algunas mamis modernas demasiado cutre. Ese modelo paternal de que yo lo hago mejor que tú, la fiesta de mi hijo es mejor que la tuya, o simplemente me paso unas semanas buscando como preparar las cosas para luego subirlas a Facebook y así presumir que soy la mejor madre del mundo mundial. No tenemos por qué hacer que la infancia de nuestros hijos sea mágica. La infancia ya es mágica de por sí, incluso cuando no es perfecta. Mi infancia no fue perfecta, pero me lo pasaba muy bien en mis cumpleaños porque mis amigos venían. Lo importante no eran los regalos, ni la decoración al detalle, ni nada de eso. Nos bastaba con explotar globos, correr por el patio y comer tarta. Bastante simple, pero mágico. Es lo que recuerdo de esos momentos.

No todo pueden ser los regalos.

En Navidad, mis padres nos compraban dos regalos a cada uno, teniendo en cuenta que sus ingresos eran limitados. No había campañas que estuvieran machacando desde noviembre con las actividades que había que marcar en el calendario. No había chuches especiales navideñas, Los adornos eran el árbol de Navidad de todos los años que apenas tenían hojitas de lo desgastado que estaba, un ramillete de luces y por supuesto nunca preparábamos galletas navideñas. Lo que en realidad nos hacía felices era meternos en una cama mi hermana y yo pensando que podríamos oír a los Reyes magos. Era muy divertido intentar aguantar toda la noche despierta, reírnos juntas, y desear con ansia que se hiciera de día. Era mágico. Nunca sentí que me faltara algo. No recuerdo una sola vez en que mis padres hicieran manualidades conmigo. Las manualidades era algo que se hacía en el colegio. Las únicas manualidades que recuerdo son las que hacía mi madre en su tiempo libre. Como arreglar los pantalones, o hacer filigrana para que ese vestido que nos quedaba medio pequeño a mi hermana y medio grande a mi nos sirviera un año más.

En casa jugábamos todo el rato. Después de la escuela, volvíamos andando desde el cole, dejábamos la mochila y mi madre nos empujaba a salir de casa. Nos quedábamos con los niños del vecindario hasta la hora de cenar. Era otra época…Ahora, muy pocos de nosotros dejamos que nuestros hijos anden solos por ahí. Además, cuando éramos niños y estábamos en casa, jugábamos por nuestra cuenta. Teníamos nuestros juegos, hacíamos fortalezas con mantas, veíamos la televisión, bajábamos por las escaleras con almohadas. Nuestros padres no eran los responsables de nuestra diversión. Si se nos ocurría murmurar las palabras mágicas “estoy aburrido”, en un momento nos daban una lista de tareas.

Echo la vista atrás a mi infancia y sonrío.

Todavía me acuerdo de cómo era eso de divertirse sin preocupaciones. Hoy en día, se hace creer a los padres que lo que beneficia a los hijos es estar constantemente con ellos, mano a mano, cara a cara: “¿Qué necesitas, cariño mío? ¿Qué puedo hacer para que tu infancia sea increíble?”.

Los padres no son los que hacen que la infancia sea mágica. Está claro que los casos de violencia y abandono sí pueden arruinarla, pero, en general, la magia es algo que va en la edad. Ver el mundo desde los ojos inocentes de un niño es mágico. Jugar con la nieve en invierno cuando tienes cinco años es mágico. Perderse entre los juguetes tirados por el suelo es mágico. Recoger piedras y guadárselas en el bolsillo es mágico. Andar con un palo es mágico. Una cosa es influir en la magia de la infancia de tu hijo y otra cosa es construir TU la magia de su infancia… dejémosles ser niños, que aprendan a vivir la magia… siéntete partícipe pero que él sea el dueño de su infancia…

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